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    13 de noviembre de 2016

    RESIDENTES DEL VIENTO (Capítulo LXIV)

    #LABUENAVIDA

    María G. Arizmendi



    SI COMETES FALTA

    Llegaron a la casa. Muy contento, Juan se fue a preparar la cena y Oscar se dedicó a juguetear en el teclado del piano mientras pensaba, con desaliento, que sería bueno repetir la audacia de París... pero el troyano desconocía la Ley que prohibía desear la mujer del prójimo; por lo menos Homero nunca mencionó el dato y no es creíble que Zeus, promiscuo entre los promiscuos, dictara semejante ley cuando el era ajeno a toda moral del pasado y del presente.

    Juan lo llamó a cenar y sirvió la mesa en la terraza, en donde soplaba el aire tibio proveniente del bosque. Ambos cenaron con buen apetito. Juan quiso retomar el tema de Ruth, pues le intrigaba su estancia en El Jardín de Alá. Con paciencia, Oscar le explicó:

    - Hace tiempo, cuando me platicaste de aquella muchacha de la playa, te recomendé que no lo comentaras con nadie, nunca. Y nunca, es NUNCA, así que no hagas preguntas si no quieres oir mentiras.

    Al terminar de cenar, Juan recogio la mesa y le pidió tocar el piano.

    - Pero no toques nada triste -le propuso-, aquí no más entre nosotros, tu música triste me hace llorar. -En su rusticidad, Juan no supo decirle que verlo triste lo afligía- tocará el piano o no.


    El joven Kranz lo sabía y le recordó:

    - He querido enseñarte para que disfrutes de la música cuando quieras. No siempre estoy aquí y el piano esta ocioso.

    - No tengo cabeza para eso.

    - La tendrás cuando quieras. He escuchado a unos "inditos" que desconocen el abecedario pero interpretan a los grandes maestros porque saben leer el pentagrama.

    - ¿Y donde están?

    - Por ahí, en regiones apartadas de las ciudades, donde se sienten bien con los suyos.

    Mientras hablaban, Oscar evocó una composición de Cri-Cri "Al sonar las tres de la mañana los muñecos se paran a bailar..." Se iluminó el semblante de Juan y Oscar, interpretó otras melodías igual de alegres. Cuando lo vio bostezar, lo despachó a dormir y se fue a su habitación. Se sentía relajado por el esfuerzo de nadar y pescar y porque Ruth no apareció en escena. Ansiaba dormir sin interrupción hasta el amanecer. Se metió en la cama y en el acto alguien lo abrazo.

    - ¿Quién...?

    Se le escapó un grito de sorpresa.

    Continuará

    Envío un saludo cordial a la familia humana.

    NO HAGAS PREGUNTAS
    SI NO QUIERES OÍR MENTIRAS
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