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    4 de septiembre de 2016

    RESIDENTES DEL VIENTO Capítulo XXXVII

    #LABUENAVIDA

    María G. Arizmendi


    DEBILIDAD HUMANA

    Danila lo guió hasta un sofá y prestando mucha atención logró entender algo: ébano... látigo... subió al barco... Oscar lo repetía una y otra vez y Danila tocó su frente. Estaba afiebrado. Lo instaló como pudo en el sofá, pues sus largas piernas no cabían fácilmente. Transpiraba en abundancia y deliraba con angustia. La maestra humedeció unas toallas y las colocó en su frente, el estomago, los pies. Mientras, oía el delirio con altibajos de voz: ... no me quiere... ella traiciona, vengativa... el látigo... el ébano... corre Imán... aléjate... no puede... corre Imán... no puede... las cadenas.

    Danila pasó la noche entre oraciones en el salón de los gobelinos y el cambio de toallas frescas, tratando de entender en lo posible, las palabras que el muchacho repetía obsesivamente. La fiebre cedió al amanecer y Oscar se sumió en un sueño profundo hasta cerca de la media noche. Danila lo observó; lucía más delgado y pálido que la última vez que se vieron pero conservaba su guapura y distinción, quizá por su juventud. Cuando despertó, miró un techo desconocido y se sentó de inmediato, intentando reconocer el entorno. En el sofá próximo dormitaba Danila. Se apretó la cabeza extrañado y mortificado por estar ahí. ¿Cómo había llegado?

    Se levantó y Danila despertó. Sin moverse, le preguntó, comedida: -¿Estás mejor?

    Él contestó con otra pregunta, mortificado:

    -¿Hice el gran ridículo o fue moderado?

    Ella se levantó y respondió con seriedad:

    - Nada de eso, llegaste enfermo, afiebrado -le tocó la frente- ya pasó. Comeremos algo, llevamos muchas horas sin tomar alimentos. Ningún caballero me había hecho ayunar tanto.

    - Ya la molesté bastante y estoy muy agradecido por sus cuidados. Acepte mis disculpas y será mejor que me vaya -se encaminó a la puerta.

    - No te dejaré ir así. Estoy sin comer por esperarte. Vamos a comer de verdad, no como te veo picar los platillos en nuestras cenas. Quise avisar a tu madre que estabas aquí pero me detuve por no darle explicaciones que tú debes darle. No se si estará preocupada...

    Con dulce insistencia lo hizo comer más de lo que acostumbraba. Al término de la cena volvió a despedirse pero la maestra lo retuvo nuevamente argumentando:

    - Si encontraste la casa abrumado por el alcohol y la fiebre, es porque me necesitas. Estoy esperándote desde que llegaste a tu casa con Hugo, cuando yo conversaba con Edna. Vamos -lo guió al salón de los gobelinos y se sentó en flor de loto en la alfombra, invitándolo a imitarla, con un gesto. El joven obedeció.

    - Ponme al corriente de la cadena, el látigo, el barco...

    Continuará

    LAS SITUACIONES DESESPERADAS NO EXISTEN SÓLO EXISTEN HOMBRES DESESPERADOS
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