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    26 de junio de 2016

    EL LIBRE ALBEDRÍO

    #ALNATURAL
    Ramón Arturo Vissuet


    El libre albedrío es definido como “la facultad que tiene el individuo de determinar su propia conducta”, o, en otras palabras, la posibilidad que él tiene de, “entre dos o más razones suficientes de querer o de actuar, escoger una de ellas y hacer que prevalezca sobre las otras.

    Problema fundamental de la Filosofía ética y psicológica, viene siendo estudiado y discutido apasionadamente desde los primeros siglos de nuestra era, dando oportunidad a que se formulasen, al respecto, varias doctrinas dispares y antagónicas.

    Algunos creen que el libre albedrío es absoluto, que los pensamientos, palabras y acciones del hombre son espontáneos y de su entera responsabilidad. Evidentemente, están en un error, porque no hay cómo dejar de reconocer las innumerables influencias y obligaciones a que, en mayor o menor escala, estamos sujetos, capaces de condicionar y disminuir nuestra libertad. En el extremo opuesto, existen tres corrientes filosóficas que niegan obligatoriamente el libre albedrío: el fatalismo, la predestinación y el determinismo.

    Los fatalistas creen que todos los acontecimientos están previamente fijados por una causa sobrenatural, correspondiéndole al hombre sólo el regocijarse, si es favorecido con la buena suerte, o resignarse, si el destino le fuera adverso.

    Los predestinacionistas se basan en la soberanía de la gracia divina, enseñando que desde toda la eternidad algunas almas fueron predestinadas a una vida de rectitud y, después de la muerte, a la dicha celestial, mientras otras fueron de antemano señaladas para una vida reprobable y, consecuentemente, condenadas a las penas eternas del infierno. Si Dios regula, anticipadamente, todos los actos y todas las voluntades de cada individuo – argumentan -, ¿cómo puede este individuo tener libertad para hacer o dejar de hacer lo que Dios ha decidido que él haga? Estas dos doctrinas, como se ve, reducen al hombre a un simple autómata, sin mérito ni responsabilidad, al mismo tiempo que rebajan el concepto de Dios, presentándolo como un déspota injusto, distribuyendo gracias a unos y desgracias a otros, únicamente según su capricho.

    Ambas repugnan a las conciencias esclarecidas, por tan grande aberración. Los deterministas, a su vez, sustentan que las acciones y la conducta del individuo, lejos de ser libres, dependen integralmente de una serie de contingencias a las que él no puede evadirse, como las costumbres, el carácter y la índole de la raza a la que pertenezca; el clima, el lugar y el medio social en el que viva; la educación, los principios religiosos y los ejemplos que reciba; además de otras circunstancias no menos importantes, como el régimen alimentario, el sexo, las condiciones de salud, etc. Los factores señalados más arriba son, de hecho, incontestables y pesan bastante en la manera de pensar, de sentir y de proceder del hombre.

    Así, por ejemplo, diferencias climáticas, de alimentación y de filosofía, hacen de hindúes y americanos del norte tipos humanos que se distinguen profundamente, tanto en la complexión física, en el estilo de vida, como en los ideales; normalmente, la fortuna nos vuelve soberbios, mientras la necesidad nos hace humildes; un día claro y soleado nos estimula y alegra, contrariamente a una tarde sombría y lluviosa, que nos deprime y entristece; una sonata romántica nos predispone a la ternura, mientras que los acordes marciales nos despiertan ímpetus belicosos; cuando somos jóvenes y gozamos de salud, estamos siempre dispuestos a cantar y a bailar, y en la edad madura, preferimos la meditación y la tranquilidad, etc. De ahí, sin embargo, a dogmatizar que somos completamente gobernados por las células orgánicas, en igualdad con las impresiones, condicionamientos y sanciones del ambiente que nos rodea, va una distancia inconmensurable. ¡En efecto, existe en nosotros una fuerza íntima y personal que sobreexcede y trasciende a todo eso: nuestro “yo” espiritual!

    Ese “yo”, ser moral o alma (como quiera que le llamemos), una criatura de pequeña evolución espiritual, realmente poca libertad tiene de escoger entre el bien y el mal, ya que se rige más por los instintos que por la inteligencia o por el corazón. Pero, a medida que se esclarece, que domina sus pasiones y desarrolla su voluntad en los embates de la Vida, adquiere energías poderosísimas que lo hacen cada vez más apto para franquear obstáculos y limitaciones, sean de la naturaleza que sean. No sólo eso. Se acostumbra también a sopesar las razones y medir consecuencias, para decidir siempre por lo más justo, aunque desatendiendo, muchas veces, a sus propios deseos e intereses. Un día, como Cristo, podrá afirmar que ya venció al mundo, pues, aunque esté hambriento, tendrá la capacidad de, voluntariamente, abstenerse de comer; si es rudamente ofendido, sabrá frenar su cólera y no replicar a la ofensa; y, aunque todos a su alrededor tengan miedo, mantendrá, imperturbable, su paz interior.

    (Cap. X, preg. 843 y siguientes)
    LAS LEYES MORALES
    Según la Filosofía Espirita
    RODOLFO CALLIGARIS
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