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    7 de septiembre de 2015

    EL ESCLAVO XIX

    #LOVE&LIBROS
    #NOSELOCUENTESANADIE…
    Olaya Velázquez


    En ese instante, tomé con mi mano izquierda el tubo que entraba por mi boca y lo jalé desesperado, tratando de quitármelo. Sentía que me ahogaba.

    - Espera un momento hijito ya viene el doctor -me decía mi madre, mientras apoyaba su mano en mi hombro aun sosteniendo al bebé con su otro brazo.

    Casi de inmediato llegó mi padre acompañado del doctor que había salvado mi vida la primera vez, el cual, al verme ya con la cabeza levantada de la almohada, se acercó hacia mí y tocó mi frente para tranquilizarme. Retiró dos bandas elásticas que iban desde mi boca hacia la parte de atrás de mi cabeza y con un hábil movimiento sacó lentamente el tubo de plástico que obstruía mi garganta.

    Cuando tomé una bocanada de aire, logré cerrar por primera vez los ojos, al dejarlo salir, después de toser un poco, me puse a llorar sin poder detenerme.

    - Salgan de inmediato -pidió el doctor a mis padres y a Graciela que se habían reunido alrededor de mi cama.

    - Vamos mi amor deja que el doctor haga su trabajo -le dijo mi padre a mi mamá invitándola a salir de la habitación.

    - ¿Estará bien doctor? -preguntó mi madre preocupada.

    - Está consciente señora- contestó el doctor-. Es todo lo que sabemos hasta ahora. Salga por favor y lleve a ese nene a maternidad donde debe estar.

    - Gracias Dios mío -dijo mi madre emocionada.

    - ¡Yo sabía que iba a despertar! -decía alegremente Graciela mientras los tres se retiraban.

    El día siguiente, fui sometido a una intervención quirúrgica para quitarme el tubo que había sido introducido en mi estómago y fui trasladado a otra habitación en el área de recuperación.

    Irónicamente la misma enfermera que había tratado de acabar con mi vida, había sido asignada ahora para cuidar de mí. Cuando entró de nuevo a la habitación, estaba muerta de miedo.



    - Buenos días -me dijo tímidamente mirando hacia el suelo.

    - Buenos días -le contesté de lo más natural.

    - Aquí está tu medicina -dijo, dejando un par de pastillas sobre el buró junto a mi cama. Revisé que todo estuviera en orden en la habitación, mientras yo la seguía con la mirada.

    - Ya me voy -comentó nerviosa-. Si necesitas algo me puedes llamar apretando este botón - continuó, como queriendo averiguar si yo estaba enterado de lo que habla sucedido.

    - Gracias, ¡qué amable! -le contesté fingiendo que todo estaba bien.

    Se encaminó hacia la salida y cuando estaba a punto cruzar la puerta le pregunté:

    - Por cierto, ¿qué sucedió con la mujer que necesitaba los riñones?

    Su rostro palideció y abrió los ojos como si hubiera visto a un fantasma. Es obvio que se dio cuenta de que yo lo sabía todo.

    - La... la... mujer. Ella está bien, encontró a un donante el mismo día que despertaste -dijo tartamudeando y notablemente nerviosa.

    No comentó nada más y cerró la puerta. Después me enteré de que ella y el doctor con el que había planeado vender mis órganos, abandonaron su trabajo ese día, seguramente temiendo que yo los delatara. No se volvió a saber de ellos.

    Recuerdo muy bien el día que me visitaron mis familiares; mi madre estaba tan emocionada que entró corriendo a la habitación y me abrazó con fuerza, tomó mi cara entre sus manos y me llenó de besos.

    - Hijito, ¡es un milagro! ¡Qué alegría verte bien otra vez! -me decía llorando sin dejar de besar mi rostro.

    - Mamita, ¡qué ganas tenía de abrazarte! Te quiero mucho -le contestaba y ponía mi brazo alrededor de sus hombros mientras mi rostro se llenaba de lágrimas.

    Mi padre nos observaba de pie tratando de ocultar las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos.

    - Ven papá, ya no tienes nada que ocultar. Ya sé que tú también sientes, ya sé que tú me quieres tanto como yo a ti -le dije extendiendo mi brazo hacia él.

    Se acercó hacia mi cama y los tres pasamos un buen rato abrazados sin que ninguno de nosotros pudiera contener el llanto.

    Después pasaron a verme mis hermanos. Todos los presentes se asombraron al enterarse de que estuve consciente todo el tiempo. Gracielita se puso muy contenta cuando le dije que ella me había ayudado a despertar, se movía inquieta y me tomaba de la mano, orgullosa.

    La última en entrar a la habitación fue Laura, llevaba a nuestra hijita en brazos. Todos los presentes decidieron retirarse y dejamos solos.

    - Hola amor, ¿cómo estás? -me preguntó en voz baja.

    - Estoy vivo mi vida..., gracias a ti y a la bebé que llevas en brazos.

    - ¿Gracias a nosotras?

    - Si mi amor, fue por ustedes que me aferré tanto a la vida. Fueron las ganas de conocer a nuestra hijita, las que me llenaron de fuerza.

    - Pues aquí está -decía ella a la vez que me acercaba a la bebé. La tomé entre mis brazos con mucho cuidado y la sostuve contra mi pecho. Me le quede viendo extasiado y observando como abría y cerraba su boquita.

    - Se parece a ti -dijo Laura sonriendo llena de ternura. Se acercó a mí y me besó en la boca.

    Pasamos un rato juntos y después Laura se retiró a descansar pues todavía se estaba recuperando del parto.

    Esa tarde me sentí el hombre más afortunado del mundo. Había vuelto a nacer y tenía ahora la oportunidad de empezar de nuevo mi vida, de empezar una familia y de aplicar todo lo que había aprendido en los últimos nueve meses.

    Le agradecí mi suerte a Dios, a la vida, a la naturaleza y a todo el universo. Ahora no me quedaba duda de que yo era parte de todo lo que existe.

    Cerré mis ojos y pensé en mi guía. Lo llamé en mi mente y en voz alta.

    - Guía, amigo mío. Quiero hablar contigo -supliqué varias veces sin obtener respuesta.

    Continuará

    CON AMOR OLAYA

    PERO NO SE LO CUENTES A NADIE…



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