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    30 de agosto de 2015

    MALLEUS MALIFICARUM (II de II)

    #ALNATURAL
    Fabian Conde


    Sprenger dice ( antes de 1500 ) : " hay que decir la herejía de las brujas y no de los brujos: éstos son poca cosa". Y otro, en tiempos de Luis XIII: "Por un brujo, diez mil brujas".

    "La naturaleza las hace brujas..." Es el genio propio de la mujer y de su temperamento. La mujer nace hada. Por el retorno regular de la exaltación, es sibila. Por el amor, maga. Por su finura, su malicia (con frecuencia fantástica y bienhechora) es bruja y echa suertes, o por
    lo menos engaña, adormece las enfermedades.

    Todo pueblo primitivo tiene el mismo comienzo: lo
    vemos por los Viajes. El hombre caza y combate. La mujer se ingenia, imagina: engendra sueños y dioses. Cierto día es vidente: tiene las alas infinitas del deseo.



    Para contar mejor el tiempo, observa el cielo. Pero la tierra no está por ello menos en su corazón. Con los ojos bajos sobre las flores enamoradas, ella misma joven y flor, la mujer traba con las flores un conocimiento personal. Es mujer y les pide que curen a los que ella ama.

    ¡Sencillo y conmovedor principio de las religiones y de las ciencias! Más adelante todo se dividirá, se verá empezar al hombre especial, juglar, astrólogo o profeta, nigromante, sacerdote, médico. Pero, al principio, la mujer es todo.

    Una religión viva y fuerte, como el paganismo griego, empieza en la sibila y termina en la bruja. La primera, hermosa virgen, a plena luz lo acunó, le dio el encanto y la aureola. Más tarde, decaído, enfermo, en medio de las tinieblas de la Edad Media, de las landas y de los bosques, fue escondido por la bruja; su piedad intrépida lo alimentó, lo hizo vivir todavía. Así, para las religiones, la mujer es madre, tierna cuidadora y nodriza fiel. Los dioses son como los hombres: nacen y mueren en su seno.

    ¡Cuánto le cuesta esta fidelidad! ¡Reinas magas
    de Persia, maravillosa Circe! Sublime Sibila, ¡ay ¿Qué ha sido de vosotras? Y ¡qué bárbara transformación!

    Aquella que, en el trono de Oriente, enseñó las virtudes de las plantas y el viaje de las estrellas, aquella que, junto al trípode de Delfos brillaba con el dios de la luz y daba los oráculos a un mundo de rodillas... es la misma que,
    mil años después, es cazada como un animal salvaje, perseguida en las encrucijadas, execrada, despedazada, lapidada, sentada sobre carbones ardientes.

    El clero no encuentra bastantes hogueras, el pueblo bastantes injurias, el niño bastantes piedras para lanzar contra la infortunada. El poeta, (también niño) le lanza otra piedra, la más cruel para una mujer. Supone, gratuitamente,
    que ella es siempre vieja y fea. Ante la palabra
    "bruja" surgen las horribles viejas de Macbeth. Pero sus crueles procesos nos enseñan lo contrario. Muchas perecieron, precisamente, por ser jóvenes y bellas. La sibila predecía el destino. Y la bruja lo realizaba. Ésta es la grande, la verdadera diferencia. Ella evoca, conjura, opera sobre el destino. No es la Casandra antigua,
    que veía tan bien el porvenir, lo lamentaba, lo esperaba.

    La bruja crea este porvenir. Más que Circe, más
    que Medea, ella lleva en la mano la varita del milagro natural para ayudar a la hermana naturaleza. En ella se ven ya los rasgos del moderno Prometeo. En ella comienza
    la industria, ante todo la industria soberana que
    cura, rehace al hombre. A la inversa de la sibila, que parecía mirar hacia la autora, ella mira hacia el poniente; pero justamente este crepúsculo sombrío da, mucho antes que la aurora (como sucede en los picos de los Alpes), un alba anticipada del día.

    El sacerdote presiente bien que el peligro, la enemiga, la ri-validad temible está en aquella a quien finge despreciar, en la sacerdotisa de la naturaleza.

    Julio López


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